25/5/11

Run, scream, cry...

Corres. Es lo único que recuerdas cuando despertaste. Abrazas a tu almohada intentando continuar ese sueño que nunca termina.
Caminabas por la calle, paragüas en mano y una sonrisa contenta en los labios. Tarareabas tu canción favorita hacia tus adentros, pero movías rítimicamente la cabeza al son. Paraste a esperar el autobús, cerraste el objeto de tu mano, derrochando agua en la acera. Un niño te miraba con gesto curioso, con mirada cohibido, cómo el agua era tragado por el alcantarillado y tú, tan tranquila.
En la otra calle pararela, estaba él, caminando a ritmo rápido, mirando constantemente el reloj. Tenía la música taladrando los oídos, tocando una guitarra imaginaria cuando los acordes subían o bajaban.

Llega un autobús rojo, de dos plantas, como si fuera algo normal para vosotros. Tú subes tranquila enseñando el billete al conductor, como rutina de tu día a día. Te sientas dónde primero pillas, y para que no molesten, colocas la mochila en el asiento contiguo. El niño pasa y te mira curioso, pero finalmente levanta la mirada, observa a su madre y sonríe. No te queda otra que mirarlo, girarte a medida que va avanzando y reírte sin comprenderlo. Miras tu reloj, son las tres y media; aunque pareciera más pronto.
Las puertas casi se cierran bloqueando a un muchacho que había entrado por los pelos, todo empapado, sin paragüas en mano, y una sonrisa como la que tenías tú antes. Tras enseñar el billete recorre el pasillo de asientos, encontrándose contigo, reconociéndote al instante y pidiendo poder sentarse contigo. Aceptas casi con mal gesto, pero en el fondo no te molesta del todo. Un golpe de tu corazón parece oírse en todo el autobús, pero cuando vuelves nadie se ha enterado.

Hablastéis durante todo el recorrdio, reísteis, estuvisteis compartiendo la música que os envolvía. Abrías incluso tus puertas de tu mente dejando que entrara con libertad total. Una parada acababa el cuento como cada día, un pulsador que marca el tempo, y un movimiento que indica "hasta mañana". Sabes que no habrá próxima vez, y aún así le despides con mejor gesto que el de antes, le sigues por la ventanilla hasta que desaparece de tu ángulo de visión. Y en cambio, hay algo en ti que late como si fuera una locomota, que grita loco de no aguantar lo que no podías decir en voz alta. Buscas su sitio, vacío, ocupado nuevamente por tu mochila, y ahí está ese anillo con el que ha estado jugando todo el viaje con esa frase que comprendes tan bien: "carpe diem". Te hace pensar y marcas el pulsador.

Él espera otro autobús para un trasbordo. No echa de menos ninguna posesión ni si quiera ese anillo tan simbólico que tenía.
Sin pensarlo dos veces, bajas del autobús, y comienzas a correr en dirección contraria, buscando de nuevo la parada donde se bajó. Le ves a lo lejos y de nuevo tu corazón canta de contento la balada más bonita de tu ipod azul. Se contagia en tu mirada y en tu boca una sonrisa, que camina hacia la felicidad, con ese anillo puesto para no perderlo. Y cuando creíste tenerlo casi al alcance de la mano, a varios metros de ti, sube para alejarse una vez más de tus pensamientos, de tus sentimientos y de tu corazón.

Corres, pero parece que no es suficiente para alcanzar a ese autobús que comienza a aumentar su velocidad con destino a ninguna parte. Tal vez el olvido.
Gritas, pero él no te eschucha, ni te ve, sólo mira por ese cristal a la gente que camina, que le separa del temporal que caía.
Lloras, porque le has perdido. Lloras por su ausencia. Lloras por amarle tanto y por primera vez en tu vida.

Pero es ese recuerdo, esos sentimientos que afloran cuando piensas en él, ese anillo que conservas atado al dedo, lo que te hace pensar que realmente pasó, que no fue un sueño.



#Sora

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