A las 6 quedábamos.
Y yo, me puse bonita, con una colonia buena de Carolina Herrera. Sin maquillar, porque sé que no le gusta, con el pelo suelto, porque sé que le gustaba más así. Vestía una camiseta verde, porque una vez me dijo que me quedaban mejor los colores alegres. Tenía una piruleta en el bolso con forma de corazón que ponía Love para enseñarle mi gran descubrimiento. Me la compré en la playa, el día que hicimos 8 meses.
Escuché el timbre como si fuera una salvación a mi condena eterna de no verle. Bajé al portal, con una sonrisa radiante. Y le vi. Se me aceleró el corazón y al cruzar el paso, y en vez del esperado beso de película, un abrazo frío. Un "tenemos que hablar", rasgó el papel de cámara en el que estaba recogida mi vida.
No sé cómo pero contuve las lágrimas, tampoco quería que se apiadara de mí.
Anduvimos hacia nuestro parque, ése donde contemplamos tantos atardeceres juntos, donde escuché tantos "te quiero" y "no te olvidaré jamás".
Me contó que ya sentía lo mismo, que había otra. Pero en el fondo no quería dejar de ser mi amigo. ¿Por qué? Aunque más bien, ¿para qué? ¿Para luego consolarme cuando la otra le dejara? ¿Para hacerme sufrir aún más cuando le viera? Me quedé absurdamente en el pasado, para él ya no había más que ella. Pensé en todas las cosas que me dijo, todas las cosas bonitas que hizo por mí, y sin embargo... ya no quedaba nada.
No aguanté más. Lloré, pero ya no sé por qué quería llorar. Si por perderle o por seguir amándole a pesar de todo. Por querer intentarlo una vez más, por tenerle cerca para que me abrace, o por querer que me bese cuando me voy a dormir.
Lo peor de todo es que no lograba encontrarme si él no estaba.
Me pregunto aún así, ¿dónde quedó la chica que le gustaba? La borde, irónica y madura, que era antes; o la infantil, risueña y aniñada de la realidad en la que me había convertido. Sólo con él era así porque me encantaba. Porque le amaba y le quería.
Y me entraron ganas de decir que al verle me habían entrado ganas de chillar, de abrazarle, de besarle, de entregarle como una niña esa piruleta que había comprado. De contarle que contaba los días que quedaban para vernos en la pared de mi habitación junto a la fecha de nuestra primera cita. Que había soñado con el reencuentro tantas veces que me habrían faltado hojas en el mundo para escribirlos, y todavía no sabía qué le iba a decir o qué iba a hacer cuando lo viera. Que quería decirle todas las cosas más bonitas que se habían pasado por mi mente durante todos esos días. O que por ejemplo, que me atrevía a quedar con él, porque aún me daba vergüenza.
Y sin embargo, con el giro radical de la ambientación, me entraron ganas de todo y de nada.
~Sora

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