31/3/13

Break down (I)

El pulso me temblaba por lo nerviosa que me puse. No podía pensar bien, no podía respirar bien. Todo era un cúmulo de sentimientos dolorosos, de dudas, y demasiados puntos de inflexión. Matthiew y yo... habíamos roto. Después de llevar un año, siete meses y doce días; todo se fue. Se rompió. Se acabó. Los "te quiero" y "nunca dejaré que te vayas" se agotaron. Encontraron una nueva propietaria de largos cabellos rubios y ojos claros.
Iba caminando de vuelta a casa, después de quedar con Cath y Agnès. Saltaba de alegría, porque ya había encontrado y comprado el regalo de Matthiew. Y lo que me encontré en la vuelta a casa... era él con una compañera de la facultad. Besándose. Diciéndole las mismas cosas que me decía. Los mismos susurros, las mismas caricias... todo, absolutamente todo. No pude verlo. No pude soportarlo. Tampoco quería seguir haciendo ninguna de las dos cosas. No podía imaginar que Matthiew... que él...

El corazón se partió en miles de pedazos, que quedaron todos resueltos en la calle.

Sin saber hacia dónde, empecé a correr. Por escapar de sus brazos, de su calor, de sus labios... quería escapar de todo. Quería marchar a la otra punta del mundo y olvidar mi pasado. Olvidar a Matthiew, olvidar quién era, lo que pasamos juntos, las fotos que tenemos ambos, los vídeos de amor grabados en el último atardecer de verano. Lo quería quemar todo. No me era suficiente romper la foto de mi cartera, no lo era. Necesitaba... Gritar. Grité en voz alta todo lo que pude, descargando la tensión y el nerviosismo. Paré de correr. No sabía ni dónde estaba exactamente.
Los ojos resbalan las lágrimas que mi pecho no podía derramar. No quería llorar, porque no merecía la pena. Él no iba a volver porque lo hiciera. Además, no tenía sentido. Él era un capullo, un tremendo capullo. Lo odiaba, de verdad que lo odiaba. Tan... tan... tan... lo quería. No podía remediar que durante todo este tiempo lo había querido como a nadie en el mundo.

Estaba destrozada.

Empezó a llover. Miré al cielo con una triste sonrisa, sin saber qué hacer. En estos momentos, deseaba acabar con la pesadez de mi alma, tirándome por cualquier barranco. Daba igual.
Merodeé por las calles, empapada, vagabunda de sentimientos, de anhelo, de recuerdos que me traían de Matthiew. Y finalmente acabé en el portal, recaudando el ánimo suficiente para subir los 64 escalones hasta mi casa. Me daba vergüenza entrar con los ojos hinchados, rojos y llorosos. O que las preguntas entraran sin cesar por mis oídos sobre qué paso.

— ¿Por qué lloras? — Sonó una voz cálida inundando mi cabeza desamueblada. Alcé la cabeza, encontrando esa larga altura que le delataba en creciente edad comparada con la mía. Y como no, esos ojos verdes que parecían los de un felino en la noche. Era Jared, el hijo de unos vecinos del edificio. Inmediatamente, dejó de llover.
— Déjame, a ti no te interesa.
— ¿Quién te dijo a ti que no? No es normal ver a una chica llorar sentada en un portal y con la luz apagada. ¿Qué pasó? — Se agachó para quedar a la par, hasta que decidió por sentarse en el mismo escalón en que estaba.
Realmente, después de escucharlo, dudé en contestar. Pero finalmente, parecía que mi pecho estaba deseando en desahogarse con él.
— Matthiew y yo... él... y... — No pude terminar la frase. La congoja estaba agarrando mi garganta de una manera sobrecogedora. Tapé el rostro con ambas manos, avergonzada de llorar frente a un desconocido.


Y sin previo aviso, esos largos brazos se estrecharon.
Aquí acabó una historia, pero una imposible empezó otra vez.


~Sora

16/3/13

Wonderland

Esto no es el país de las maravillas, es el mundo real.


Y exactamente, así es. Realmente no hay ningún hada madrina que te regale un vestido para ir al baile, aunque caduque a las doce en punto de la noche. No vas a tener una calabaza para llevarte al baile tampoco. No está ahí, ni ella, ni los duendes, ni los seres fantásticos que te contaron.
Tampoco está ese príncipe azul con el que llevas soñando todos estos años. Y si estuviera, igualmente, él no se fijaría en una sirvienta de poca monta. El príncipe y la mendiga, quedó en tu estantería; no se trasladó al mundo real. Ellos tienen su realeza, ¿sabes? Su mujer perfecta esperándolo. Sé que nunca llegará a derramar las lágrimas que dejaste caer, ni que lo querrá como bien supiste hacer; pero ella se llevó el pastel. ¿Y tú, qué? Te quedaste mirando cómo el príncipe se hacía rey.


Despierta de una maldita vez. Peter Pan se marchó y no va a volver. Al igual que él. Así que no llores su ausencia tras el cristal de la ventana, no veas en la lluvia tu decepción y en el sol tu milagro. De eso hace tiempo que no se cumplen.

Creíste que en el momento que él llegó a tu vida, todo cambió. Es verdad que cambió, pero no fue nada para bien. Lo único que dejaba eran los cristales clavados en tu pecho, pequeña. Cristales de sueños rotos, de esa felicidad frustrada o esa sonrisa que se quebró. Exactamente, y duramente, me cuesta decir que él llegó para demostrarte lo que es la vida; no lo que es el amor. Jamás hubo amor en hacerte daño. Lo supiste desde un principio y aún así fuiste la misma imbécil que rompió los perfectos esquemas que tenías, con tal de ofrecérselos. Recuerda que él siempre fue un fugitivo en busca de emociones, de aventuras, en busca de decorar las páginas de ese libro llamado: Vida.

Despierta. Pues nunca fuiste de esas que creyó en leyendas.


Alicia volvió de su país de maravillas. Regresó a la realidad, al mundo imperfecto del que estaba hecho realmente. Despertó a la noche, en el banco de un andén abandonado que no tenía parada de tren. Esperándolo, soñando todavía por él. Pero ya no era la misma ingenua Alicia que un día se dejó llevar por un conejo blanco. Lo sabía.

Y así, esa figura femenina, calada de agua hasta los huesos, desapareció entre el paraje lúgrubre de la estación como un suspiro; lloviendo de pena como nunca antes había llovido.



~Sora

30/1/13

Do you know, Night?

¿Sabes Night? Hay veces que soy cruel y te guardo en un cajón. Otras veces lo abro y leo lo que he escrito en tus hojas más atrás. Y me doy cuenta de que ya casi no reconozco a la Sora que empezó a escribir lo que tenia miedo a decir, en un cuaderno al que apodó Night.

¿Tanto cambié, Night? Seguramente, no hace falta que seas un cuaderno para darme la respuesta. Puedo saberla por mí misma. Y aunque quise cambiar entonces, para decir todo lo que mi cabeza se callaba, todas esas palabras que se ahogaban en mi garganta y que tenía mmiedo a decir; ahora echo de menos a esa Sora. La Sora que se abrazaba a un cojín para llorar cuando el día le había salido mal, o la Sora que simplemente se esforzaba al máximo por ser ella misma. Ahora ya no sé cuando estoy siendo yo misma, ni cuando estoy fingiendo esas lágrimas o sonrisas. No sé en qué Sora me convertí. Quiero que todo me salga bien, pero sé que tengo que equivocarme para aprender. Que tendré que tropezarme cinco veces con la misma piedra, para darme cuenta de las cosas. Deseé tanto en ese entonces, y ahora... no sé ni qué desear.

Hay veces que quisiera enterrar mi pasado, y otras sin embargo, quisiera volver a recuperarlo. Ahora mismo, no sé ni en dónde prefiero vivir: en mi pasado, en este presente, o en el futuro que vendrá. Porque temo a mi pasado, no encuentro mi presente y tengo miedo a mi futuro. Solamente tengo ganas de tumbarme en el asfalto, en el césped recién cortado o encima de ese edredón; a escuchar la canción que logre encontrar mi situación, o el silencio incómodo de una despedida. No tengo ganas de pensar, ni de actuar, ni de ser yo. Ni siquiera a veces tengo fuerzas para levantarme de la cama. Y no tengo más remedio que hacerlo, que sonreír para no preocupar a la gente, y ahí me doy cuenta de que ahí ya no soy yo. Soy lo que todos quieren que sea. No tengo ni un ápice de personalidad, Night. Soy cruel, egoísta, lo calculo todo antes de decir o hacer algo. Ya no tengo ni lágrimas en los ojos. Demasiado barato. Demasiado sensibles, tristes, compadecientes y débiles. Sobretodo débiles.

No tengo brújula para dirigirme a ningún lugar. Intento hallar destino y no encuentro lugar. Llevo la maleta a cuestas y busco dónde pasar la noche. Busco los brazos que jamás me pertenecieron y el calor que nunca recibí. Bailo los pasos que no llegué a aprenderme y retrocedo dos pasos a cada cual que avanzo.


Hay veces, que ni entre tus páginas me encuentro; ¿sabes, Night?


~Sora