El pulso me temblaba por lo nerviosa que me puse. No podía pensar bien, no podía respirar bien. Todo era un cúmulo de sentimientos dolorosos, de dudas, y demasiados puntos de inflexión. Matthiew y yo... habíamos roto. Después de llevar un año, siete meses y doce días; todo se fue. Se rompió. Se acabó. Los "te quiero" y "nunca dejaré que te vayas" se agotaron. Encontraron una nueva propietaria de largos cabellos rubios y ojos claros.
Iba caminando de vuelta a casa, después de quedar con Cath y Agnès. Saltaba de alegría, porque ya había encontrado y comprado el regalo de Matthiew. Y lo que me encontré en la vuelta a casa... era él con una compañera de la facultad. Besándose. Diciéndole las mismas cosas que me decía. Los mismos susurros, las mismas caricias... todo, absolutamente todo. No pude verlo. No pude soportarlo. Tampoco quería seguir haciendo ninguna de las dos cosas. No podía imaginar que Matthiew... que él...
El corazón se partió en miles de pedazos, que quedaron todos resueltos en la calle.
Sin saber hacia dónde, empecé a correr. Por escapar de sus brazos, de su calor, de sus labios... quería escapar de todo. Quería marchar a la otra punta del mundo y olvidar mi pasado. Olvidar a Matthiew, olvidar quién era, lo que pasamos juntos, las fotos que tenemos ambos, los vídeos de amor grabados en el último atardecer de verano. Lo quería quemar todo. No me era suficiente romper la foto de mi cartera, no lo era. Necesitaba... Gritar. Grité en voz alta todo lo que pude, descargando la tensión y el nerviosismo. Paré de correr. No sabía ni dónde estaba exactamente.
Los ojos resbalan las lágrimas que mi pecho no podía derramar. No quería llorar, porque no merecía la pena. Él no iba a volver porque lo hiciera. Además, no tenía sentido. Él era un capullo, un tremendo capullo. Lo odiaba, de verdad que lo odiaba. Tan... tan... tan... lo quería. No podía remediar que durante todo este tiempo lo había querido como a nadie en el mundo.
Estaba destrozada.
Empezó a llover. Miré al cielo con una triste sonrisa, sin saber qué hacer. En estos momentos, deseaba acabar con la pesadez de mi alma, tirándome por cualquier barranco. Daba igual.
Merodeé por las calles, empapada, vagabunda de sentimientos, de anhelo, de recuerdos que me traían de Matthiew. Y finalmente acabé en el portal, recaudando el ánimo suficiente para subir los 64 escalones hasta mi casa. Me daba vergüenza entrar con los ojos hinchados, rojos y llorosos. O que las preguntas entraran sin cesar por mis oídos sobre qué paso.
— ¿Por qué lloras? — Sonó una voz cálida inundando mi cabeza desamueblada. Alcé la cabeza, encontrando esa larga altura que le delataba en creciente edad comparada con la mía. Y como no, esos ojos verdes que parecían los de un felino en la noche. Era Jared, el hijo de unos vecinos del edificio. Inmediatamente, dejó de llover.
— Déjame, a ti no te interesa.
— ¿Quién te dijo a ti que no? No es normal ver a una chica llorar sentada en un portal y con la luz apagada. ¿Qué pasó? — Se agachó para quedar a la par, hasta que decidió por sentarse en el mismo escalón en que estaba.
Realmente, después de escucharlo, dudé en contestar. Pero finalmente, parecía que mi pecho estaba deseando en desahogarse con él.
— Matthiew y yo... él... y... — No pude terminar la frase. La congoja estaba agarrando mi garganta de una manera sobrecogedora. Tapé el rostro con ambas manos, avergonzada de llorar frente a un desconocido.
Y sin previo aviso, esos largos brazos se estrecharon.
Aquí acabó una historia, pero una imposible empezó otra vez.
~Sora
