Vivía en el mundo al revés...
No creía en las hadas, ni en los cuentos sobre éstas. Pensaba que era ridículo creer en esos seres mitológicos, propios de las leyendas. Tampoco creía en los príncipes. Ni en el azul, verde o rojo; ni siquiera en el naranja. Para ella no existían en lo absoluto. Todo tonterías. Lo único que hacían era llenar de cabeza de pájaros, de ilusiones que se rompían con la misma facilidad que el cristal.
Aún manteniendo sus ideales firmes como rocas, decidió vestirse con un vestido azul marino por las rodillas, que se elevaba bailando con la mínima corriente de aire. Poco arreglada, con un recogido a un lado; dejando caer esos bucles rubios que conjuntaban con sus ojos y su clara piel. Con la intención de marcharse nada más ver el panorama, se plantó sola en el baile de primavera. ¿Por qué no? No necesitaba de alguien para pasárselo bien, ni tampoco quería depender de ese mismo alguien durante toda la noche. Menos aún, mencionar el ponerse nerviosa por su culpa o estar toda la noche planificando su primer beso. Tonterías.
Para ella su primer beso tenía que ser adrenalina inyectada en su sangre, tenía que ser una explosión dentro de su cuerpo, un accidente, un "no planeado" repentino. No quería arrepentirse de su primer beso, ni tampoco olvidarlo. Quería que fuera el único beso especial de todo el globo terráqueo.
Con gesto relajado se sentó en la primera silla que encontró. Estaban casi todas libres, así que no le supuso un gran problema. El resto de la gente, estaba bailando con sus parejas en la pista, hasta que comenzó esa canción ambiental, romántica con ese solo de saxofón. En esos tres minutos con cincuenta y cuatro segundos, algunos pretendientes se le acercaron para sacarla a bailar; aunque todos recibieron la misma respuesta negativa. Desilusionados y rencorosos, recorrían la sala de baile encontrando a otra pareja.
Tras ver el ambiente romanticón que había, decidió sacar el móvil para ver la hora, las once y media. Demasiado pronto. Todavía podía darse una vuelta por los exteriores y pasarse por la mesa de ponche.
Lo único que había conseguido era demorarse un cuarto de hora más. Justo el tiempo necesario para que la graduación del ponche subiera a su cerebro para nublar sus sentidos. Fue ese mismo descuido el que trajo lo impensable. Una sombra se ciñió sobre ella, agarrándola y tapando con unas anchas y frías manos su boca. La retiró a una esquina oculta por la sombra de la farola que producía una de las múltiples casas del vecindario.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? - soltó en cuanto su boca se desprendió de las desconocidas manos tras un largo forcejeo.
+ Un príncipe. Y te quiero a ti.
- Pues siento decirte que no creo en los cuentos de hadas, así que para mí, no existes. ¡Suéltame y desaparece por dónde has venido!
+ Bueno, bueno, bueno, pues sí que tenemos el genio encendido... Vale, entonces hagamos una cosa. Seré tu ladrón, el malo de la película. El que siempre regresa cuando todo vuelve a la normalidad. Seré el antihéroe que todos temen.
- Estás loco...
+ Ni mucho menos, Cenicienta. - dijo el desconocido señalando el zapato que había perdido tras el "encontronazo". Aunque ella hizo intentos de ir a por éste -porque la repudiaba que la llamaran como a una princesa de los mismos cuentos, de los que negaba existencia-, el Desconocido, ni mucho menos dejó que fuera a por él.
- Déjame, quiero ir a por mi zapato. ¡Suéltame, he dicho que me suel...!
A mitad de la frase como bien dijo antes que era: el antihéroe. El que se llevaba a la princesa para que fueran a rescatarla, el mismo que destruía la ciudad en algunas ocasiones cinéfilas. Ése fue su propio antihéroe, todo lo contrario al esperado príncipe azul. El mismo que le robó su primer beso, el mismo que apareció de la nada y la llevó al rincón de oscuridad para no revelar su identidad. Aunque conocía demasiado bien esas manos tanto de cerca como de lejos. Conocía su figura aun sin verla.
Y aunque no fue como esperó, sí que sintió esa revolución dentro de su cuerpo, ese malestar de cabeza tras pasar lo que nunca pasaba en los cuentos.
Miró el reloj de su cuento al revés, de su mundo ideal...
... allá donde la hora de Cenicienta son las doce y media.
~Sora