16/3/13

Wonderland

Esto no es el país de las maravillas, es el mundo real.


Y exactamente, así es. Realmente no hay ningún hada madrina que te regale un vestido para ir al baile, aunque caduque a las doce en punto de la noche. No vas a tener una calabaza para llevarte al baile tampoco. No está ahí, ni ella, ni los duendes, ni los seres fantásticos que te contaron.
Tampoco está ese príncipe azul con el que llevas soñando todos estos años. Y si estuviera, igualmente, él no se fijaría en una sirvienta de poca monta. El príncipe y la mendiga, quedó en tu estantería; no se trasladó al mundo real. Ellos tienen su realeza, ¿sabes? Su mujer perfecta esperándolo. Sé que nunca llegará a derramar las lágrimas que dejaste caer, ni que lo querrá como bien supiste hacer; pero ella se llevó el pastel. ¿Y tú, qué? Te quedaste mirando cómo el príncipe se hacía rey.


Despierta de una maldita vez. Peter Pan se marchó y no va a volver. Al igual que él. Así que no llores su ausencia tras el cristal de la ventana, no veas en la lluvia tu decepción y en el sol tu milagro. De eso hace tiempo que no se cumplen.

Creíste que en el momento que él llegó a tu vida, todo cambió. Es verdad que cambió, pero no fue nada para bien. Lo único que dejaba eran los cristales clavados en tu pecho, pequeña. Cristales de sueños rotos, de esa felicidad frustrada o esa sonrisa que se quebró. Exactamente, y duramente, me cuesta decir que él llegó para demostrarte lo que es la vida; no lo que es el amor. Jamás hubo amor en hacerte daño. Lo supiste desde un principio y aún así fuiste la misma imbécil que rompió los perfectos esquemas que tenías, con tal de ofrecérselos. Recuerda que él siempre fue un fugitivo en busca de emociones, de aventuras, en busca de decorar las páginas de ese libro llamado: Vida.

Despierta. Pues nunca fuiste de esas que creyó en leyendas.


Alicia volvió de su país de maravillas. Regresó a la realidad, al mundo imperfecto del que estaba hecho realmente. Despertó a la noche, en el banco de un andén abandonado que no tenía parada de tren. Esperándolo, soñando todavía por él. Pero ya no era la misma ingenua Alicia que un día se dejó llevar por un conejo blanco. Lo sabía.

Y así, esa figura femenina, calada de agua hasta los huesos, desapareció entre el paraje lúgrubre de la estación como un suspiro; lloviendo de pena como nunca antes había llovido.



~Sora

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