Parecía que el tiempo pasaba solamente para ti. Como cada veinticinco de Abril, te levantaste de buen humor sin necesidad de que el despertador sonara. Nada más abrirlos ojos, una sonrisa se escurrió por tus labios mirando la mesilla. Pero se borró de inmediato cuando viste la fecha en el calendario. A pesar de ello, no era un día malo; era para alegrarse. Un año más. Fuiste directamentetarta a la cocina para preparar el desayuno, esas tostadas con café descafeinado como todas las mañanas. Y después de una buena ducha y arreglarte un poco, volviste de nuevo a preparar ese bizcocho de limón que tanto le gustaba, con un poco de nata por el medio y decorado en la superficie con una capa de yema que te enseñaron.
Estaba el bizcocho en el horno, terminando de hacerse; fuiste al salón con los dos mantelitos. Morado y verde, uno para cada. Después pusiste las copas de champagne para celebrar el brindis de después. Los platos, los cubiertos y finalmente la bebida. La llevaste del cuello, con el abridor en la otra mano. Lo dejaste en la mesa y alisaste el mantel para que no hubiera ninguna arruga.
Cuando el sonido del horno te llamó, volviste a recoger la tarta, para dejar que se enfriara otra vez en el salón. Mientras tú, te sentaste en una de las dos sillas que decoraban la mesa. Esperando. Esperaste.
Esperaste ese día, el siguiente y al otro. Volviste a esperar otra semana, y otra, y otra. Esperaste un mes, el siguiente y el otro que venía. Viste cómo pasaban las estaciones y cómo la tarta estaba en la mesa todas las mañanas esperando a que volviera. Pero jamás volvió.
Así que tras tantas esperas, un día decidiste apagar las velas y dejar esa casa con tantas fotos y tantos recuerdos de él; para dejar tu ausencia en las fotos que decoraban los muebles.
~Sora
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